HUGO BREHME. Sensibilidad extranjera en México.

Hacia 1860 diversas agencias del gobierno estadounidense, notablemente el Departamento de Guerra, museos e instituciones científicas, encargaron a los más prestigiados fotógrafos de su época, reportajes sobre los territorios apenas conocidos entonces. Se trataba de misiones de reconocimiento, cuyos obvios propósitos eran, por un lado, obtener un registro de los territorios para estudiar posibilidades de integración económica por otro, fomentar las migración y colonización de estas regiones. Los fotógrafos sobrepasaron las expectativas y crearon una mitología y una estética.

Los fotógrafos construyeron, junto con las representaciones pictóricas, una conciencia territorial, un orgullo nacional. En el siglo XX, esta sublimación del paisaje se convirtió en los Estados Unidos en una verdadera escuela de fotografía, cuyos jefes de fila fueron Edward Weston, Ansel Adams, Eliot Porter y Paul Strand, entre otros. Adams llevó notablemente esta sensibilidad a sus últimas consecuencias. Tomó el partido de evidenciar no tantos los aspectos monumentales, como la poesía de las limpias planicies, inventó un sistema de zonas que consiste en bloquear partes del negativo al imprimir.















La historia del paisaje mexicano también puede leerse como construcción nacionalista. La escuela pictórica del paisaje se inicia con algunos viajeros románticos y se afirma con José María Velasco y varios de sus discípulos, para culminar con el Dr. Atl, quien llevó el culto del paisaje mexicano a sus últimas consecuencias nos movemos aquí en el terreno de lo puramente estético, de su idealismo y de sus implicaciones ideológicas implícitas.







Un sector de la fotografía mexicana adoptó el paisaje como el género natural que les solicitaba la naturaleza del país y una forma de nacionalismo que se entrelaza y confunde con la promoción turística del territorio pasando por Hugo Brehme, José Ma. Lupercio y en cierta medida Edward Weston. Se puede definir, quizás, este aliento mexicanista en la elección de ciertos escenarios.

Hugo Brehme nació en Turingia en 1882 y murió en la ciudad de México en 1954. Fotógrafo desde temprana edad, un viaje lo llevó a las costas mexicanas. Se instaló en Veracruz algunos meses y tomó numerosas vistas de la ciudad, el puerto y poblados aledaños. Abrió su primer estudio fotográfico en la ciudad de México en 1910, el estallido de la Revolución no perturbó el desarrollo de Brehme, que muy pronto se volvió uno de los más solicitados de la capital mexicana. En 1911 formó parte del equipo de la Agencia Fotográfica Mexicana fundada por Casasola.
Brehme entró en contacto directo con el caudillo del sur Emiliano Zapata y realizó los ahora célebres retratos de éste mítico personaje que desde que fueron reproducidos por la prensa inspiraron a varias generaciones de artistas, como Diego Rivera.













En 1923 reunió 197 de entre sus mejores fotografías y compuso con ellas un álbum, que fue impreso en Alemania. Quizás el primero de una larga serie de libros ilustrados. México Pintoresco de Hugo Brehme se caracteriza por la deliberada visión idílica propia de los libros artísticos dirigidos a un público que prefiere la evasión al enfrentamiento con crudas imágenes realistas. 


La mirada romántica y bucólica de Brehme anula de hecho las tolvaneras polvo en las calles de los pueblos, los charcos de agua lodosa que aparecen tantas veces en las vistas de Charles Waite o de Abel Briquet, lo que interesa es lo sublime, y por supuesto, lo sublime que puede ofrecer este país tan rico en hermosos paisajes, son sus montañas cubiertas de nieve, todo lo demás es secundario.
Brehme fue además el introductor de las modernas técnicas pictorialistas y los virados con ácidos, filtros y demás, que enseñó a su amigo el ingeniero Fernando Ferrari Pérez y a un joven discípulo que tomó la costumbre de acompañarlos en sus excursiones fotográficas domingueras hacia 1920-1921: Manuel Alvarez Bravo. Brehme puede ser considerado como el primer fotógrafo moderno de México, y el último representante de una vieja guardia, con mirada aún del siglo XIX (decimonónica).

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