Martha Rosler The Bowery photographied


 El proyecto es una instalación fotográfica de Martha Rosler acerca de un barrio deprimido de Nueva York, titulada El Bowery en dos sitemas de representación inadecuados (1975), y exposición de las reflexiones de la artista sobre la capacidad del medio fotográfico para convertirse en herramienta política. 
Como fotógrafa, ella planeó una actualización del documental, cuya capacidad narrativa le parecía especialmente útil para este caso. Pensó que era la manera más indicada para ocuparse de una calle que no la configuran tanto la apariencia de sus fachadas, sino las experiencias humanas que entre ellas suceden. Sin embargo, quería esquivar esa tendencia del género a exponer la miseria frente a espectadores pasivos, por lo que vio necesario buscar estrategias visuales que probó en esta misma obra. 
La instalación consta de veinticuatro paneles. Cada uno muestra una fotografía junto a un texto sobre un fondo de pizarra negra, excepto los tres primeros, que carecen de imágenes. Casi siempre se han expuesto distribuidos en cuadrícula, como secuencias de una misma historia. Según explica la autora, esto obedece a cuatro motivos: connota rigurosidad al remitir a una organizada estética de archivo; cuestiona el concepto de límite e incluso tiende a superarlo, pues da la impresión de que podría haber más piezas; rechaza la idea de artículo único de lujo al aludir a la producción en serie; y atempera la tendencia emotiva de la fotografía, ofreciendo la frialdad necesaria para abordar la cuestión social críticamente. 


Por su parte, la elección del medio fotográfico se debió a que le parecía idóneo para recoger documentos gráficos directamente de la realidad y con relativa inmediatez. Esto le confiere una supuesta objetividad que, si no es del todo cierta, al menos el espectador sí otorga a la fotografía. Le interesó, además, que por entonces fuera aún considerada un género artístico menor, una opción vulgar que permitía un mayor grado de experimentación. Lo cual explica la factura improvisada que puede apreciarse aunque, por otra parte, parezca contradecir su pretensión de rigurosidad. Pero es que, más que una obra de arte, ella concibió este proyecto como un trabajo de investigación que, además, dejó abierto para que otros artistas continuasen. 
Rosler tomó las fotos que integran la obra en dos días de diciembre de 1974. Y algo interesante es que la artista parece recoger rasgos estilísticos de la fotografía de actualidad, como el encuadre espontáneo y el uso del blanco y negro. Pero, sobre todo, se trata de un guiño a la tradición realista documental norteamericana de los años treinta. En las fotos se reconoce a Evans por su manera de centrar la atención en la gente, más que en el espacio que ocupan. También puede detectarse su influencia en la importancia que concede a los intervalos de las secuencias, aquello que no podemos ver. Los recursos que más le atrajeron de esa tradición documental fueron, en un principio, la narración de la historia y la representación de sus protagonistas. Aunque pronto desestimó precisamente esto último para evitar una nueva explotación de las víctimas. Prefirió enseñar el escenario urbano del que se acababan de ausentar, mostrando sólo las huellas de su paso reciente. 


Rosler lo ensayó con este proyecto sobre el Bowery, el cual exige un espectador activo que no se duerma en la contemplación sino que ponga a trabajar su imaginación para, a partir de los datos ofrecidos en la obra, conocer por sí mismo el auténtico conflicto socioeconómico del barrio, diferente al que los poderes narraban. Y lo hace sin imponer un nuevo punto de vista, ya que la obra no explica cómo creía su autora que era realmente la situación, por lo que más que una representación es una «contrarepresentación» del barrio. Ella propuso la «representación participativa», que trata de aprovechar características de ambos inclinándose hacia la representación. En cierta ocasión dijo que la función del «nuevo documental radical» debía ser exponer, militar, auto organizar o apoyar a los oprimidos. Con su obra sobre el Bowery optó claramente por exponer, manteniéndose escrupulosamente dentro del campo de la representación. Y es que, en su opinión, como artista no debe hacer directamente el cambio, sino propiciarlo. Rosler piensa que el documental sólo debería «movernos hacia» la acción política, y siempre tras una reflexión crítica previa que debería facilitar. No moralizar ni adoctrinar, sino únicamente levantar sospechas sobre la representación impuesta, sobrepuesta a la realidad, para que el público desvele ésta por su cuenta y actúe en consecuencia. Así, ella espera encontrar la manera de lograr repercusión en la realidad buscando aún en el ámbito de las ficciones.

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