En blanco y negro.


Como todo comienzo, en el ambiente de la primera sesión del curso se percibía esa rara combinación de calidez y timidez que irá disminuyendo a medida que se acorten las distancias. Eso espero. Ahora y siempre padezco las consecuencias de una conveniente mala memora y por lo mismo podría creer si alguien me lo dijera que todos mis compañeros se llaman de la misma manera, digamos, por decir algo, que todos se llaman “tú”. Pues bien, recuerdo que “tú” aseguraste ser anticuada basada en tu preferencia por las fotografías en blanco y negro. Para tu indiferencia, comparto la misma obsesión. Utilizaré mi primera entrada al blog para decir lo que me venga en mente.


            Creo fervientemente que todos los que preferimos mirar en blanco y negro, aquello que adoramos mirar ciertas cosas como miran los perros sufrimos de una inevitable nostalgia, creo, que la imagen en blanco y negro da la impresión de detener el tiempo, de contener, por fin, un instante que adivinamos entrañable y que observamos como si se tratase de una ensoñación. Creo también que somos absolutamente románticos por asomarnos a la mirada de alguien más en busca de tanto sentimiento –que en mi caso, asocio al llanto y al suspiro-, el blanco y negro además, es contundente, sofisticado y de algún modo consagra la imagen como remembranza que imaginamos tan próxima a nosotros y  tan lejana. Tiempos mejores.

De manera absolutamente personal, creo también que el formato en blanco y negro ofrece mayores posibilidades para conseguir la impresión de elegancia. Y creo también que el tiempo se agota y que debo terminar esto, de una vez por todas.



Me despido con un abrazo en technicolor.


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