La ilusión y lo verosímil

Desde su invención, a la fotografía se le atribuyó la particularidad de ser un análogo de la realidad. Por sus posibilidades de ofrecer una “imagen de reproducción” de la mirada del hombre, se recurrió a ella como auxiliar de las áreas científicas así como del arte. Hoy podemos afirmar, como señala Frizot, que si bien la imagen “permite dar cuenta de una situación espacial y temporal determinada”(1), cada fotografía es el resultado de un proceso de edición compuesto por las elecciones de un fotógrafo, las cuales van desde la elección del tema a fotografiar, pasando por el encuadre, los tiempos de exposición y velocidad de la toma; decisiones que se extienden al momento de revelado, o de la edición digital, donde la información fotográfica todavía puede ser editada. Ya después Barthes se referirá a que la objetividad de la fotografía (se carácter denotativo) “corre el riesgo de ser mítico” (2) al reconocer una serie de elementos connotativos propios del texto fotográfico como resultado de una elaboración cultural.

Pero podemos dar cuenta que el carácter verosímil de la fotografía en correspondencia con la realidad siempre estuvo a prueba por parte de los mismos fotógrafos, especialmente dentro de la fotografía elaboradas con propósitos comerciales. En los retratos se comenzó a aplicar color al positivo elaborado para dar más viveza a las imágenes, o se hacía uso de escenografías que simulaban, sin necesidad de salir del estudio, que el retratado se encontraba en un sitio muy lejano y exótico. 

Conforme fueron avanzando las limitaciones técnicas de la fotografía, fue posible la realización de fotomontajes y collages. Uno de los destacados logros del fotomontaje es por parte del pictorialista Henry Peach Robinson en su fotografía “Fading away”, en la que apreciamos una lúgubre escena, donde una joven mujer muestra una expresión que sugiere que se encuentra muy enferma. La rodean otras dos mujeres, una de mayor edad que la otra. Al fondo apreciamos a un hombre de espaldas que mira por la ventana del cuarto, alcanzándose a apreciar que la mano derecha está alzada y posiblemente el hombre esté recargando su frente en el vidrio, expresando así su tristeza y su deseo de no formar parte de la terrible escena que ocurre frente a él. Se trata pues de un trabajo pictorialista donde no solamente se recurre al montaje histriónico, sino también en el aspecto técnico ya que Robinson requirió la combinación de cinco negativos diferentes para conformar una sola imagen (3). 



Otro ejemplo, éste dentro de la investigación científico-social, es el de Edward S. Curtis a quien se le reprocha el haber montado algunos de sus retratos a nativos americanos, o que intencionalmente Curtis manipuló las imágenes en el estudio para eliminar elementos de lo capturado en la imagen, de esta forma se creaba la impresión que los pobladores originarios vivían en un ambiente ideal, uno en el que no habían tenido contacto con lo moderno, cuando esto no era del todo cierto. No obstante se considera que este trabajo fotográfico es uno de los más importantes registros etnográficos que se han hecho sobre una cultura antigua. 

Como señala Gombrich, el ojo inocente no existe. Siempre ha existido una tendencia ya sea a la ilusión o a dirigir la imagen a un propósito específico, pero de igual forma siempre mantendrá su capacidad como documento de una circunstancia determinada.


1.- Frizot, Michel, El imaginario fotográfico, Serie Ve, México, 2009.
2.- Barthes, Roland, Lo obvio y lo obtuso. Imágenes, gestos, voces, Editorial Paidós, Barcelona, 1986, p.15
3.- The Wonderful World of Early Photography

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