Lo didáctico en al contemporaneidad: ¿paradójico enemigo del arte?


En una entrevista relacionada con su película Dogville, Lars von Trier, el inefable director de cine danés, se quejó burlescamente de las facilidades que la tecnología había proporcionado a cualquier aficionado para producir películas.  Hablando, al igual que Frizot, de neologismos, podríamos decir que Trier recurre a uno de ellos cuando, en este contexto, aplica el término “fílmico” a este fenómeno de facilidad para la producción artística en el mundo cinematográfico.

Dogville, sabemos, es un film inclasificable.  Sin tener reseñas previas, uno sería incapaz de saber a qué atenerse antes de empezar a conocer a los casi rupestres habitantes de ese aislado pueblo.  Todos los elementos que utiliza el director en esta película son de una meticulosidad obsesiva: desde la línea narrativa hasta la actuación de cada uno de los involucrados, pasando por la esencialmente relevante y particular escenografía, todas las piezas de la producción dan como resultado una obra de arte del cine de todos los tiempos, e incluso – para algunos de los más entusiastas de los seguidores del director – motivo para quitarse el sombrero.

No es pertinente hablar del elemento fotográfico de esta película en lo concreto.  En realidad, si se quisiera hacer hincapié en algún ingrediente paradigmático del filme, lo ideal sería hablar de la escenografía… pero este tema se aleja del asunto que nos ocupa.  La razón por la que creo interesante hacer referencia a Dogville es que Trier, en su entrevista, denosta los avances de la tecnología con un marcado desprecio – quizá justificable –, y afirma que hoy en día cualquiera es capaz de producir una película.  A lo “fílmico”, en su sentido artístico y digno de apreciación, ya no cualquiera atiende.  Y podríamos pensar que ocurre un fenómeno semejante en el campo de la fotografía.

Cuando Frizot nos cuenta que en la segunda mitad del siglo XX, al ver – literalmente – la luz la fotografía a color, nació también una dicotomía entre los aficionados y los verdaderos artistas.  A partir de esta coyuntura histórica, cualquiera podría ya retratar momentos de la realidad con cámaras operables incluso por niños, mientras que la producción de fotografías en blanco y negro se fue reservando a los verdaderos connoisseurs

La reflexión en la que podríamos vernos imbuidos, pues, es la siguiente: ¿acaso las facilidades que la tecnología presenta para que cualquier aficionado redacte un guión, saque un largometraje o tome fotografías relevantes, son elementos que ayudan a anular el mérito artístico de los verdaderos “artesanos” y creadores minuciosos?  Me parece que, importantemente, el caso es el contrario… y creo que será precisamente la “didactización” del arte – si se me permite otro arbitrario neologismo – en diversos campos lo que ponga bajo el reflector, cada vez con mayor énfasis, aquello que es digno de admiración.

 (Texto de Diego de Ybarra)

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