A mí me tomó una foto Patti Smith


A mí me tomó una foto Patti Smith

La debilidad de la máquina, es la fortaleza de quien crea. Los límites de la misma, se manifiestan en la sensibilidad del que “mira”. De este modo, en su invención, prefigura un “sistema” que la regula. El dominio del sistema lleva al acercamiento de nuestra precaria percepción de lo perfecto. Por ejemplo, en pintura, los “grandes maestros” han sido los que sobrepasan los límites del medio (por lo menos conceptualmente), lo conocen y lo desdoblan de cierta manera; es decir, lo adaptan a una forma única de expresión. Con esto me refiero a la idea que tiene Strand de la noción de artista: “se es o no se es”.[1] En este orden, lo que menos debe preocupar “al que crea”, es la convención de artista, al final, lo más importante es “una forma libre de vivir”.

¿Es  “Una forma libre de vivir” la que nos lleva a hurgar y aventurarnos en la “vida misma”? Así parece, por lo menos lo creo a través de las fotos de Patti. Hablar de ella es hacer referencia a muchos creadores y medios que podrían describirla. Aunque es importante el background para entender su arte, solo me referiré a una faceta particular y en esa faceta a una “impresión”. De todas las fotos que la Sra. Smith pudo tomar en su carrera (y en su vida), las que comienzan por la mitad de los ´90s son muy importantes, con ellas la “escuchamos” entrañable; en ese periodo, reestructura su vida por una serie de acontecimientos que le impactan profundamente.  Ella misma lo dice en algunas entrevistas: las fotos tomadas en ese tiempo, llevan la impronta de lo inmediato que es lo que necesitaba para expresarse. Desde mucho tiempo, la cámara ha sido compañera inseparable de la rockera; las Polaroid, tomadas con su vieja máquina nos indican lo sencillo que puede ser “tomar” una foto, sin gran ciencia, ésta, registra las instantáneas como un aspecto sencillo del sistema (“Cerca/lejos. Oscuro/iluminado”). Al verlas, en momentos recordamos la fotografía de Cameron, pero desfasada hacia un diálogo entre lo moderno y posmoderno. Con esto me refiero a que las fotografías de Cameron, tienen la búsqueda intuitiva de una estructura propia, granulosas, en veces desenfocadas; con una propuesta de luz que refiere a la impresión de un tiempo congelado.  Definitivamente estos retratos eran posados, pero a veces (a manera esculturas), se presumen pétreos, como si siempre hubiesen “habitado” ahí. En las fotos de la cantante, vemos la granulosidad ofrecida por el medio, y nos remiten a otro intervalo (además, la supresión del color en una imagen establece una forma diferente de lectura); también son retratos (quizá de ella), pero más allá, son experiencias, son “momentos registrados” no instantes inmóviles. No hay congelamiento, hay “fragmentos” de cosas (de “cosas de la vida”) que nos hacen pensar en ella. Hay un sujeto que es el objetivo y se capta en una atmósfera que lo envuelve a la manera de las placas victorianas pero enmarcadas desde el presente. En cierta estima, sus fotos (las de Cameron y Patti) se parecen desde diferente óptica. En una: la estática de una época suspende toda temporalidad; y en otra: lo instantáneo de un momento de la realidad queda atrapado a pesar de ser premeditado. En ambas se suprime una parte de la existencia, ya sea por su forma estructural; o por que re-presenta un fragmento (u objeto) de la vida de alguien. 

 

A través de esta perspectiva, Patti Smith, nos muestra un mundo (a manera de microcosmos) de los elementos que significan para ella: la intuición es la elección. Es verdad que en el sistema análogo que maneja, está la noción de jerarquía a partir de algo que crea una vivencia, donde los momentos más insignificantes (en apariencia), son los que prevalecen a grandes escenas que no pueden evocar los presupuestos de la existencia. Recordamos por momentos y en fragmentos, así, en las láminas, entrevemos la intimidad de invocar gestos, situaciones o cosas que se “anclan” a partir de la imagen fija. Como si esos registros se hallaran (a sí mismos) llevando una carga energética que los hace diferentes al resto de los objetos que llaman la atención de la fotógrafa. En estas “micro-escenas” cargadas de una atmósfera intimista, se desvela la técnica de Patti hacia un manejo elemental del medio y su entendimiento: la luz y la composición básica. Pero también se percibe esa “mística de las cosas” que pertenecieron a personajes importantes en su vida, de esta forma, son auráticas[2]; pero donde se encuentra el aura no es en el registro (la mirada) ni en la fotografía misma (el objeto producido), sino en el “rollo”, entendido en función de la capacidad de juzgar un momento sobre otro. ¿Qué es lo que debería ser fotografiable? Lo relevante para ella evidentemente, y esto es lo que tiene la capacidad de estremecer desde alguna fibra sensible a su experiencia. La ideología del pasado hacia la era digital, se recrea poco flexible, y con esta, la noción de único deviene hacia las convergencias de una trama (tiempo y espacio) que se inscribe cercana a lo sacro. El rollo no es reciclable y dispone de cierta cantidad de fotos, guardar (o aguardar) el “momento preciso”, se vuelve una categoría indiscernible en función de la duración de un “suceso”; hay que sentirlo para “disparar”. En esta lógica, se convierte en objeto de valor con cualidades mágicas, a saber, se transforma en el vehículo para almacenar memorias-cosa; odiseas cotidianas que “valen la pena”, que llevan significantes y codificamos como símbolos de una vivencia comprometida a la imagen sensible.

Como imagen de valor, la fotografía analógica (en este caso la Polaroid de Patti), da la posibilidad de conservar “situaciones” verdaderamente únicas (a pesar de ser puestas en escena ocasionales), que reflejan la poesía de la vida diaria; se vuelven íconos devocionales que asociadas a algo, la reflejan a ella misma. En esta documentación de su paso por el mundo (obtenida de forma inmediata), vemos “la apariencia” deconstruida en fotos; y estas, a su vez imprimen la realidad de “su mirada”, en ocasiones granulosa, en ocasiones inestable, pero siempre sinceras tal cual se registran. Cualidades que no posee la fotografía digital. A la inversa, con los medios analógicos, la memoria no se recicla.

Smith es la pasajera[3] por excelencia, lo dice en entrevistas: “Voy donde me da la gana. Decido lo que quiero visitar y entonces le digo a mi agente que me busque un lugar cerca donde actuar”[4]. En este sentido, se convierte en fotógrafa viajera como lo fueron “los pioneros” de esta técnica, y su arte, no dista mucho de aquellas antiguas búsquedas que coadyuvaron a forjar los imaginarios de unos pueblos u otros. Asimismo, va registrando de tránsito en tránsito lo que a su juicio más importa o lo que específicamente quiere conservar por medio de sus íconos; fragmentos de su historia volcada en objetos-momento que pertenecieron a personas que la crearon como artista. Con estos archivos de su propia estantería estética (digna de una lírica en ocasiones fantasmática y fetichista), nos adentramos en su “propio mundo de fantasía”, donde somos seducidos a reflexionar lo que simbolizan estas fotos sacadas de la realidad sin ediciones que enmarcan su época. Incluso podríamos preguntarnos sobre la seducción ejercida por el objeto que hizo prevalecer una toma sobre otra. Ciertamente, a mi no me tomó una foto Patti Smith, pero a mi amigo sí. A través de la obra de Smith, podemos vernos a nosotros mismos (y quizá algunas de nuestras obsesiones); nos vemos a través de los ojos de alguien más. Estas improntas configuran los álbumes personales de la cantante, pero en específico la foto que tomó a mi compañero, fue un regalo de ella. Patti  guardó dos disparos, uno para retratarlo y regalarle la foto; otro para retratarlo y conservarla. Las capturas fueron registradas en los momentos adecuados. Así, la foto adquiere importancia para ella y el sujeto, pues cuando los rollos son contados, hay que saber muy bien que retratar.

Esta es la visión particular de la vida por Patti Smith, preocupada por generar aventuras y recuerdos; una visión práctica y fotográfica de fragmentos que recrean imaginarios sensibles a la máquina, que nos enlazan con la existencia y la memoria. De sus impresiones comenta que no hay preocupación técnica por que las imágenes son para ella, para su intimidad; diferente ocurre cuando canta que es para sus seguidores. Pero al final, en efecto, no deja de asistir a la actuación más importante de su carrera, la que nos cuenta con sus registros, con sus autorretratos velados: lo que la “hace ser artista”, a saber, “una forma de vivir libre”. No sé de que habrán hablado Patti y el personaje de la foto, pero algún significado tendrá para él lo escrito en ella: People Have the Power[5]. Tú sabrás… gracias Isaac por prestar tu foto.



REFERENCIAS

FOTO 1: Smith, Patti, Winged Cherubin, San Severino Marche, 2009.
FOTO 2: Cameron, Julia Margaret, The Rosebud Garden of Girls, 1868.
FOTO 3: Cameron, Julia Margaret, I Wait, 1860.
FOTO 4: Smith, Patti, Autorretrato.
FOTO 5: Smith, Patti, People Have the Power (Retrato de Isaac "el Chilli"), 2012.




[1] Fontcuberta, Joan, Estética Fotográfica, Selección de Textos, Editorial Blume, España, 1984, pag. 96.
[2] Propiamente, el aura es “una trama muy especial de espacio y tiempo: la irrepetible aparición de una lejanía, por cerca que pueda encontrarse”, Benjamin, Walter, Sobre la Fotografía, Pre-textos, España, 2008, pag. 40.
[4] Entrevista de Iñigo López Palacios, El país, 28 mayo 2012: http://cultura.elpais.com/cultura/2012/05/27/actualidad/1338142415_874088.html

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