El secreto de Elizabeth Taylor

fotogénico, ca.- que tiene buenas condiciones para ser reproducido por la fotografía.



La modernidad impera. La modernidad exije.
La modernidad pretende condensar su historia a través de las imagenes.
La modernidad transforma mediante la fotografía a una persona en personaje. Espectamos la apoteosis. La fotografía "socialmente comprometida " se destina a las clases bajas, a los marginados en espera de un lugar privilegiado inconcebible en tanto que de la escritura de la historia se encarguen los triunfadores, y por ende de la manipulación de las imagenes.
La modernidas prefiere las luces a las sombras.
Ilumina rostros que signifiquen la cultura, rostros convenientes, rostros hermosos, rostros que respondan al canon de belleza "exquisita" e inalcanzable,  codificada y sobre todo, reproductible: rostros fotogénicos.

Según una encuesta realizada por mymemory.com, Elizabet Taylor es la estrella más fotogénica de la historia. ¿Qué quiere decir esto? Que gracias a un estudiado comportamiento, era capaz de ofrecer la ilusión de revelación interior con ayuda de la cámara, de mostrarse tal cuál es o mejor mostrarse tal y como se había construido, crear una imagen verosímil de su personaje que dejara a los ingenuos boquiabiertos, transmitiendo una emoción calculada sirviendose de su indiscutible atractivo.

Si bien su rostro angular y sus rasgos faciales jugaban a su favor con proporciones armónicas y la simetría de sus facciones, las fotografías de Elizabeth Taylor funcionaban gracias al mecanismo que operaba tras su gestualidad y por supuesto, el maquillaje.
 
Elizabeth Taylor sabía perfectamente qué hacer frente a  la cámara: evitaba mirar directamente a la cámara para evitar deformaciones y la acentuación de la más leve asimetría, bajaba un poco la cabeza para hacer parecer sus ojos violeta (exhaltados hasta la repulsión), vestía prendas de colores vivos que contrastaran con su mirada y le añadieran vivacidad, profundizaba su expresión ocular con maquillaje pesado en el contorno, y relajaba la cara hasta el punto exacto que transmitiera una serenidad sensual inigualable. Representando así uno más de los rostros arquetípicos de la elegancia.
 
El solo rostro de Elizabeth Taylor expresaba de tal manera la imagen de si misma que Norteamérica quería transmitir al mundo que hasta Yosuf Karsh prefirió retratarla del cuello para arriba sin prestar atención a sus manos que constituía lo más representativo de sus fotografías. El rostro de Elizabeth Taylor sobraba y bastaba para que los Estados Unidos dijeran al mundo: esto es lo que somos. Esta es nuestra perfección. Esta es nuestra sociedad. Esta es nuestra historia. Esto es la fotogenia. Y hasta hoy, nadie escapa de la fórmula, buscando incluso explicaciones científicas para justificar lo que entendemos por cara bonita.



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