Diatriba furiosa contra la industria fotográfica

 En 1859 Charles Baudelaire escribe una furiosa carta a su editor, Jean Morel, llena de descontento y rabia, ante la aparición de la fotografía.  El poeta maldito no da crédito de lo que está sucediendo en Francia y, en una obnubilación causada – naturalmente – por poseer un espíritu profundamente sensible, siente que la Francia entera está cayendo precipitadamente en un agujero negro de condenación: la industria fotográfica ha llegado para (pretender) desbancar a las bellas artes y “étonner” a un público idiota que piensa que el arte es la reproducción exacta de la naturaleza.

Pero Baudelaire no quiso destruir a la fotografía ni tampoco la odiaba de una forma absoluta, como ha solido llegar a creerse; esta industria recién nacida, y nacida fuerte para entusiasmar y asombrar a las “almas pequeñas” debe tomar su lugar: Baudelaire simplemente quiere que se acote a su posición y a su función: servir humildemente a las ciencias y a  las artes, faltaba más…

El susto que experimenta Baudelaire es comprensible: un amante de las bellas artes, de la espontaneidad artística (elemento que si genio francés hubiera vivido más, habría podido sin duda percibir también en la fotografía evolucionada) y de la técnica depurada de un pintor o un escultor con oficio que ve nacer una técnica que pretende (según su lectura muy temprana y apresurada) dar al traste con las artes clásicas, es natural que quiera revertir las cosas.  El texto de Baudelaire es simplemente la reacción impulsiva, rabiosa y apresurada (repito) de un alma sensible.  La muerte del arte como él lo comprendía hubiera sido una hecatombe peor que la desaparición de lo poco que quedaba de “divino en el espíritu francés” (según sus propias palabras).  Baudelaire no pecó de iconoclasta (en un sentido casi estricto) ni de retrógrada y mentiroso.   El pecado de Baudelaire radicó exclusivamente en haber muerto demasiado pronto para entender que la fotografía vendría a engrosar los rubros que constituyen el todo del arte, sin poder jamás sustituir, bajo ningún concepto, ni a la pintura ni a la escultura.
 
Diego de Ybarra, 8 de octubre de 2012

(Texto completo de la carta en: http://baudelaire.litteratura.com/?rub=oeuvre&srub=cri&id=467)

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