Me desvanezco

En esta vida hay dos cosas seguras e inherentes a todo ser humano: el cuerpo y la muerte. Todos poseemos un cuerpo, distinto en tamaño y forma, pero  idéntico en cuanto a funcionamiento y procesos; todos nos vamos a morir, variará la manera y las circunstancias que acompañen el suceso, pero tarde o temprano nos quedaremos sin aliento y nuestro corazón emitirá un último latido; y todo aquello que fue objeto de afectos, que se almacenó en la memoria del cuerpo de desvanece junto con ese último latido.
 ¿Y entonces qué queda? Las reminiscencias de un pasar efímero por este mundo capturadas en imágenes, la esencia misma de aquél que hace falta aprehendida en objetos, el mirar cotidiano a una caja de recuerdos… Eso es precisamente lo que permanece, la mirada, recuerdos, pequeños corpúsculos de luz que oscilan alrededor de cuerpos danzantes y de objetos misteriosos, pequeños corpúsculos que se asemejan a partículas de polvo, a la ruina.
Entonces sé que me desvanezco, condenada tal vez a la nada, con la esperanza de que mi figura permanezca activa en imágenes, mi esencia se encapsule en mis cosas favoritas y que sean descubiertas y vueltas a descubrir al pasar de los años.
Precisamente la inquietud de desvanecer y capturar  momentos fugaces antes de que la inexistencia los atrape primero, es lo que el canadiense André Petterson explora en su trabajo, son instantes y situaciones aparentemente sin ninguna trascendencia, pero cargadas de una poderosa poética, que le permiten al espectador culminar la obra del autor  a través de la mirada.






Y el vieto sopla distante...
Y yo me desvanezco...

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