Metafora sobre la fotografia.


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“No hay ningún motivo para sonreír ante el cíclope, ante el monstruo de un solo ojo que es la cámara fotográfica. Y, pese a eso, nunca estamos tan desarmados como ante un objetivo. Al principio creemos que podemos engañarlo, o porque cerramos el rostro y endurecemos la mirada, o porque simulamos la expresión que la memoria del espejo nos dice que es la más favorable. En ese momento comienza una lucha entre la paciencia del fotógrafo y la resistencia de quien se le opone. La paciencia del fotógrafo es infinita, la resistencia de quien está siendo fotografiado acabará siempre quebrándose. Cada disparo del obturador alcanza un punto vital de las defensas, poco a poco la muralla va siendo derrumbada, hasta que, por fin, las verdades que tras ella se escondían comienzan a aparecer, no todavía todas las verdades, sino unos cuantos fragmentos, y también el miedo del fotógrafo a que el proceso continúe hasta la extenuación de sí mismo. En general, no se llega tan lejos. Piadoso, el fotógrafo para en el último instante, detiene lo fotografiado cuando ya va a caer en el abismo, y todo más o menos se recompone. Más o menos. Apenas rehecho del susto, el fotografiado suspira creyéndose libre, mientras el fotógrafo se aparta pensando en los trocitos de alma que lleva dentro de la caja, como el pescador de caña va contando los peces que robó el cardumen.”

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