CANASTA DE FOTOGRAFÍA MEXICANA

La historia de la fotografía mexicana es basta y responde a diferentes inquietudes, así como a diferentes propuestas estéticas. Muchas veces cuestionamos el interés nacional por nuestras tierras, nuestra riqueza natural, las miles de caras indígenas que no reconocemos y nuestras ruinas que atestigua nuestro pasado. Sin embargo, en el caso de la fotografía, no ha sido así, aunque ha habido miles de extranjeros interesados en retratar lo endémico de nuestra región, también ha habido muchos mexicanos que lo han logrado.
Las inquietudes para hacerlo han sido distintas, en un principio fue desde la ciencia o la curiosidad por retratar una tipología del mexicano lejos del entorno urbano; no era una búsqueda de la naturalidad instantánea, sino la búsqueda por congelar la realidad: campesinos, mujeres que se dedicaban al sexo-servicio, e indígenas fueron retratados en un estudio donde se recreó su entorno natural. Entre estos fotógrafos están: Cruces, Campa y Aubert.

Posteriormente surgió la inquietud etnóloga, las ciencias sociales obsesionadas por explicar los fenómenos, aquello que nadie se había animado a estudiar, encontraron en México una posibilidad inmensa, desde el positivismo se retrataron personas, plantas y animales, pero el fin investigador, en muchas de las imágenes, parece subordinarse al fin estético en composiciones que superan la curiosidad científica e ilustran las condiciones de un pueblo y el espíritu de éste. Lumholtz y Yampolsky fueron algunos de los que experimentaron bajo los objetivos del academicismo.
Durante la Revolución el fotoperiodismo se convirtió en algo fundamental, no era sólo el registro sino la exhibición de posturas y situaciones, la revelación de la verdad. Para esto, la labor de los hermanos Casasola fue indispensable.
Sin embargo, existe otro tipo más de fotografía motivada por México, una con fines artísticos y de comprensión, de acercamiento, ya no es la cara de la indígena bajo la lente del positivista, es la cara del indígena bajo la lente de un humano más, el retratar la cotidianeidad sin crearla sino formando parte de ella, esto se prestó, también a retratar la vida urbana, pero no como parte de un reportaje, sino como parte del mosaico cultural que forma a México. Tina Modotti, Paul Strand, Cartier-Bresson, Manuel Álvarez Bravo, Lola Álvarez y Sergei Einstenstein están entre estos que encuentran en la artesanía el reflejo del trabajo, la sensación del artesano, en cada expresión facial un sentimiento que revela todas las condiciones por las que ha pasado el personaje, en cada imagen de estos hay una explosión de México como sólo se ve en los festivales folklóricos.


El caso de Juan Rulfo es fundamental. En el Comala de México vemos y nos vemos a todos convertidos en una paradoja infinita, nuestra idea de la muerte es recreada en la búsqueda del padre, en el pueblo fantasma que en alegorías se crea para permanecer. Nos han dado la tierra y esta no funciona sola, nos han dado la tierra y no sabemos qué hacer con ésta, nos han la tierra y tenemos un futuro inalcanzable en cada metro cuadrado recibido. Es esta comprensión de México la que tanto nos duele y enorgullece, en cada construcción de Rulfo, catalogada como realismo mágico, nos encontramos, porque el realismo mágico no es una hipérbole, sino una afirmación y exposición de nuestras vidas como México, como Latinoamérica, la ironía e imposibilidad se juntan en situaciones de dolor, desesperación y esperanzas. Rulfo lo logra en las letras y en las imágenes: las ruinas que cuentan historias a través del viento, que revelan nuestra situación de abandono bajo un sol que quema y un polvo que seca, pero también están las ruinas que nos recuerdan de dónde venimos, quienes fuimos y quienes deberíamos de ser. La arquitectura de México es retratada como el arquetipo de nuestra forma de vida. Por otro lado, también muestra la cara de aquellos que olvidamos, aquellos que sólo vemos en la publicidad y que respetamos bajo leyes de usos y costumbres, sus lenguas las sentimos tan lejanas que nos parecen el dialecto del subdesarrollo, cuando en realidad, en cada una de sus actividades hay una riqueza que desconocemos, en sus festividades están los orígenes de nuestros ritos que practicamos mecánicamente. Somos los amantes de las imágenes turísticas que sentimos tan ajenas. 

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