Apuntes de la novela que Barthes no escribió

¿Hubo un relato que el gran ensayista no se atrevió a escribir? Su autorretrato en fotos y textos sueltos hilvanan una ficción que, finalmente, es biográfica y que nunca se concretó.  Este artículo de Beatriz Sarlo no da una mirada de la concepción y admiración que profesaba Roland Barthes por la fotografía como “testimonio de que nuestros recuerdos no son invenciones".


Con un tono que recuerda a Adorno, ya había escrito en El placer del texto, de 1973: “Lo Nuevo no es una moda, sino un valor... Para escapar a la alienación de la sociedad actual sólo queda la huida hacia adelante”. Pese a todo, se sabe que Barthes, pocos años después, quiere escribir una novela. Insiste en dos de sus últimos seminarios, desde 1978 a 1980, publicados después de su muerte con el título “La preparación de la novela”. Barthes desea un imposible.
El pliego de fotografías de Roland Barthes por Roland Barthes es lo que nos ha quedado de esa novela: imágenes de lo que ella podría haber sido. En la primera, una mujer joven, vestida de blanco, mangas cortas y cinturón oscuro, camina por la playa. Es la madre de Barthes que aparece en la apertura del libro, como está la madre del narrador en las primeras páginas de Proust. Una foto de época que, sin embargo, no tiene aire arcaico ni ese hosco anacronismo que a veces afea a las mujeres hermosas cuando miramos sus viejas fotos.
Dos páginas después, la madre de nuevo, abrazando a un Barthes niño, con zapatones, medias a la rodilla, ropa oscura, pelo casi rubio y unos ojos tan grandes como los de ella e igualmente melancólicos. Ninguno sonríe. El niño es demasiado crecido para estar en brazos de su madre. Su lugar “normal” en esa foto tomada durante un paseo sería al lado de la mujer joven, quizá de la mano o mirándola. El mismo chico, quizá la misma tarde, está sentado, piernas abiertas y manos laxas, sobre una barranca cubierta de pasto y flores. El centro de la foto son sus ojos tristes, que Barthes adulto comenta en un epígrafe como si fuera la anotación para un personaje de novela: “De chico me aburría mucho y con frecuencia. Eso comenzó muy temprano y continuó toda mi vida… Un aburrimiento pánico, que llega a la desesperación: como el que experimento en conferencias, coloquios, las veladas en el extranjero, las diversiones de grupo. ¿Será el aburrimiento mi forma de la histeria?” Enfrentada con esta foto, otra de Barthes en una mesa redonda, con la mirada opaca al sesgo, velada por el aburrimiento. En primera persona, apuntes para una novela futura que no fue.
Después vienen fotografías perfectamente “proustianas”: un pueblo, Bayona, del que Barthes afirma en el epígrafe “ciudad perfecta, fluvial, aérea y sin embargo encerrada, ciudad de novela: Proust, Balzac, Plassans. Imaginario primordial de la infancia: la provincia como espectáculo, la Historia como olor, la burguesía como discurso”. Enseguida otras mujeres: una mucama vieja, de vestido negro y rodete en lo alto de la cabeza, que posa con un gato; sus dos abuelas, las portadoras del discurso familiar y de una lengua francesa de sabor arcaico; una pareja de comienzos del siglo XX, tomando el té en el jardín; inmediatamente debajo, Barthes tomando el té con su madre ya anciana.
Una sola foto del padre, que el chico no conoció porque murió durante la Primera Guerra, una muerte por la Patria que a Barthes le incomodaba cuando el profesor de historia del liceo obligaba a los alumnos a decir en público quién de ellos tenía en su familia combatientes de esa guerra. Ese padre, vestido con uniforme de marino, era demasiado lejano, casi un extranjero en la apretada unidad que formaban la señora Barthes y su hijo. La razón de esta unión de dos, esta pareja de madre e hijo, la da el epígrafe de otra foto, “La familia sin el familialismo”: Barthes casi adolescente y su madre, sentados en la arena, esta vez sonríen. Sus hombros se tocan, están cómodos, como si nadie pudiera cortar esa intimidad suprema. La cabeza de la madre se apoya en el hombro del hijo, sus caras están muy cerca; el brazo de la madre se hunde en el muslo de Roland, buscando un equilibrio. Felicidad de una novela de infancia en provincia: “Cuando aprendía a caminar, Proust todavía estaba vivo y terminaba su novela”. Puntuación de las simultaneidades que sólo se reconocen décadas más tarde.
Toda su vida, Barthes merodeó esta novela imaginaria. Cuando murió su madre, al parecer creyó que había llegado el momento. En La cámara lúcida, cuenta una escena posterior a esa muerte. Deambula por el departamento de su madre, tratando de recordar una imagen completa (por lo tanto imposible) de esa mujer: “Me debatía entre imágenes parcialmente verdaderas y, en consecuencia, totalmente falsas”. En las fotografías que revisa sólo la encuentra a medias, como si una “casi” semejanza estuviera tan cerca de lo falso como de lo auténtico. Sin embargo, los ojos (como nos sucede con las fotos del mismo Barthes) son el punto que condensa al personaje: la mirada clara y luminosa de una mujer que se entregaba, dócil, a la cámara. La búsqueda entre esos restos continúa, hasta que encuentra una foto de la señora Barthes niña, es decir la imagen de alguien que su hijo no pudo conocer. En esa “desconocida”, Barthes, finalmente, reconoce a su madre muerta en un lejano tiempo perdido, anterior a su nacimiento. Y significativamente, concluye: “La foto me produjo un sentimiento tan seguro como el que experimentó Proust aquella vez que inclinándose para descalzarse percibió de repente el rostro verdadero de su abuela”.

No hace falta más: Barthes encontró en una fotografía, cuando ya desesperaba de que el rostro de su madre volviera a su memoria enteramente, la imagen de un pasado que, como él dice, es testimonio de que nuestros recuerdos no son invenciones: “La fotografía tiene algo que ver con la resurrección”. No posee el mágico poder de que una mujer vuelva al presente, pero, por lo menos, asegura que ella no fue una invención ni un sueño.

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