Robert Doisneau



"Con gran sorpresa, la tercera edad acaba de caer sobre mis hombros. En este momento de la vida, donde la memoria globaliza los recuerdos, surgen con precisión los detalles cotidianos de los comienzos en la profesión. Mis jóvenes colegas no pueden imaginar con qué menosprecio eran considerados los que declaraban dedicarse a la Fotografía. Hacía falta para ser tolerado en este medio artístico proponer falsos grabados o símiles-pasteles. El uniforme mismo debía facilitar el ser admitido en el cenáculo. Yo jamás llevé sombrero de ala ancha ni chaqueta de terciopelo. Mi descuidada barba me hacía parecer un joven bárbaro sin educación y teorías. Yo tenía -con los ojos nuevos- una visión aguda sobre las personas y su escenografía. Deseaba compartir esta alegría natural con otros cómplices porque los decadentes refinados me tenían alejado. En este entorno banal que era el mío recibía fragmentos de tiempo en los que lo cotidiano parecía liberado de la gravedad. Mostrar estos momentos podía ocupar toda una vida. Hoy, algunos tratan de provocarme mala conciencia calificándome de depredador. Es cierto, lo reconozco, me apoderé ligeramente de los tesoros que algunos de mis contemporáneos contenían inconscientemente, lo que facilitaba mi actividad; después todo resultó diferente: la lectura de las imágenes ya no estaba reservada a un grupo de iniciados. El sentido de las metáforas visuales era compartido por más gente. Yo me regocijaba en todos esos granos germinados en la casualidad de los días y que quizá florecían en el corazón de nuevos amigos". Robert Doisneau.

El ojo de un tímido.

 Robert Doisneau era un tipo tímido, que comenzó a los 17 años a hacer fotografías a nivel del suelo: aceras, calles... Poco a poco, se atrevió con una lámpara y, después, con unos niños. Con esta Rolleiflex comenzó a dominar su timidez. Obligado a encorvarse para regular su visor, la cámara le tranquilizaba: "No es agresiva y permite un gesto de cortesía al tener que agachar la cabeza". La Rolleiflex fue su primera cámara y su calmante durante 39 años, hasta que la cambió por una Leica.
Doisneau se levantaba muy temprano y recorría París para sorprender las imágenes furtivas de la calle, escenas inesperadas, algo curioso para un hombre al que no le gustaba mirar a la gente a la cara. "París es un teatro en el que se paga el asiento con el tiempo perdido. Yo me planto allí con mi pequeño rectángulo y espero", decía.

Doisneau inmortalizó El beso del Ayuntamiento (1950) y fotografió a grandes estrellas y gente corriente. Prendado de una sonrisa, ese instante se convierte con su cámara en algo vivo y tierno. Supo encontrar con sus ojos de tímido la emoción por muy escondida que estuviera. "Mis fotos son casi todas de niños abandonados, porque la gente los adopta y los cría en su mente".

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